“EL IR CONTRA LA EVOLUCIÓN DE LAS COSAS
ES IR CONTRA TÍ MISMO”.

“El Todo está en todo
y todas las cosas están en el Todo”.

“Si te empeñas y ayudas a las cosas a evolucionar
-cada cual según su patrón-
estarás evolucionando tú mismo.”




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martes, 6 de abril de 2010

La Fiesta de la Pascua




Por Alicia Contursi


La Pascua es una Festividad ancestral que reúne las tres grandes Tradiciones de Occidente.

Cuando decimos Tradiciones no nos referimos al acerbo característico de cada pueblo, su cultura folklórica, sino al conjunto de conocimientos y símbolos universales ligados a la realidad total o realidad espiritual, que en nuestros días llamamos “ocultos” y que subyacen, a veces deformados, en las grandes religiones.

Las tres grandes Tradiciones son la europea pagana o Culto a la Diosa, la Judía o monoteísmo patriarcal y la Cristiana.

En la Pascua perviven

1) Los Huevos, culto a la Diosa Madre y su gestación del Huevo Cósmico y a la Tierra Gaia en su fertilidad;

2) El recuerdo de la salida del pueblo hebreo de Egipto, guiados por Moisés (el Éxodo)

3) La Gloriosa Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo.

Siempre es profunda alegría y amor por la Vida en todas sus expresiones.


Las Fiestas Sagradas y el Tiempo cíclico

Las Fiestas Sagradas son importantes, no únicamente por ser usos o costumbres arraigadas que nos sacan de la vida cotidiana como cualquier día feriado, sino porque, si las sabemos vivir, nos elevan del tiempo común o de 3D (tres dimensiones) al tiempo cíclico de 5D, (cinco dimensiones) con conciencia expandida.

Toda Liturgia (especialmente la Católica) y los Mitos nos sacan del tiempo lineal y nos llevan al tiempo sagrado, que es la conciencia expandida de 5ta.

Por eso repetimos, como si fuera actual, lo que estamos celebrando.

El ciclo nos saca del continuo espacio-tiempo newtoniano donde el ayer se pierde y el futuro está por venir.

Por acción del ciclo, se renueva la creación del Mundo y la fertilidad de la Vida (paganismo); volvemos a liberarnos de la esclavitud y respondemos al llamado de Dios (Exodo) y Cristo vuelve a Resucitar, venciendo con su Amor a la muerte, al dolor y al sufrimiento.

Con conciencia expandida, el ayer no se pierde: por el movimiento circular del ciclo se genera la espiral evolutiva que nos permite crecer en conciencia y ascender.

Cada uno de nosotros, instalado en esa conciencia de 5D puede renovar el Mundo, liberarse de la esclavitud y renacer a la Vida Plena.

Somos Gaia conformando la vida, somos Moisés liberando al pueblo y somos Jesucristo venciendo a la muerte para Ascender.

domingo, 28 de marzo de 2010

NOSTALGIA DE PANDORA






NOSTALGIA DE PANDORA 
Dicen sus colaboradores que en realidad Jim, en alusión a James Cameron, venía ya de vuelta; que ya había estado allí, en Pandora, una luna con ambiente similar a la Tierra que orbita en un planeta gaseoso gigante llamado Polifemo, en el sistema estelar Alfa Centauro, situado a 4,4 años luz de distancia. Dicen que conocía su geografía exuberante, cada una de sus plantas y animales; que sabía con todo detalle la fisonomía, hábitos y costumbres de la gente na'vi, una raza humanoide de piel azul y con algunos rasgos felinos que pueblan Pandora. 

Dicen los diseñadores gráficos de “Avatar” que su director y a la vez guionista y productor, parecía haber caminado ese planeta satélite, tomado notas y por eso podía describirlo con tal precisión. El propio Cameron comparte su experiencia: “Yo había soñado con crear una película como ésta, ubicada en otro mundo, de grandes peligros y bellezas, desde que era un niño…. Con ‘Avatar’, por fin tuve mi oportunidad”.

A fe que lo ha conseguido él y su equipo, que su empeño de años no ha sido en balde: Pandora, forma parte ya de nuestro más bello imaginario colectivo. En todos los países hay gentes cabalgando, siquiera con la imaginación, las aves gigantes de Pandora, saboreando sus jugosas frutas, colgándose de las lianas de sus árboles majestuosos… El futuro ya nos ha alcanzado, aunque para ello tengamos que vestir aún gafas de plástico. Merced a visionarios como Cameron, hay una belleza de otros mundos superiores que ya encarna en las pantallas inmensas de los cinco continentes. Hay una hermosura excelsa que creíamos reservada para el mañana y que ya nos es proyectada, siquiera en pequeñas dosis, como prueba incontestable de su existencia.

Hay otros mundos, hay más maravilla de la que podamos soñar, nos está diciendo con “Avatar” su esmerado director. Para que no haya duda alguna, nos muestra la luna de Polifemo y su asombrosa biodiversidad. Pandora está ahí, a nuestro alcance. Podremos un día remontar sus montañas flotantes, pasear sus bosques de ensueño, unirnos en sentido abrazo al árbol Madre, a los árboles de las almas, de las voces…

La película “Avatar” canta a la vida en todas sus formas inimaginables, por supuesto a los árboles a quienes tanto debemos. La admiración de Jake, el protagonista, por la cultura y las capacidades de los na’vi, en realidad de otras civilizaciones más allá de la Tierra, es también nuestra. ¿Quién no quisiera, al igual que el marine inválido, encerrarse en esas “cabinas de enlace” que nos permiten dejar automáticamente el cuerpo? ¿Quién no compraría billete a Pandora y su naturaleza pura? ¿No será “Avatar” la expresión colectiva de una irrefrenable nostalgia por un planeta virgen? ¿Y si el amor intergaláctico que se profesan Jake y Neytiri estuviera destinado a hacer germinar la posibilidad de futuros y semejantes vínculos, que ahora nos parecen imposibles?

“Avatar” no es una mera película con alarde de efectos especiales y mensaje ecologista, “Avatar” es un firme alegato contra el expolio. Nos habla de una vida que es sagrada aquí y en el otro extremo del universo, en Pandora y en todas partes y lo hace con una genialidad sin precedentes. Su pensamiento-fuerza ha corrido como la pólvora de un extremo a otro del planeta. La vida es sublime y bendita y es preciso defenderla, nos susurra el protagonista de “Avatar” y la gente na'vi.

Sí, hay un antes y un después de este alarde extraordinario en 3D. Hay quien teme y así lo ha expresado, que nos arrodillemos ante el gigantesco árbol Madre; que rindamos suprema admiración por toda la creación; que nos unamos al Cielo por un simple cordón sin necesidad de intermediarios; que el mismo Dios de todo el universo en cada planeta cobre un nombre diferente, Eywa por ejemplo en Pandora. Parece que “Avatar” viniera a clausurar esos y otros dominios fuera ya de tiempo, como los de quienes degradan la naturaleza y cercenan libertades. Es curioso observar en la hemeroteca la extraña alianza de quienes arremeten contra la película “Avatar”.

A la oscarizada empresa de efectos visuales de Peter Jackson, Weta Digital le hizo falta más de un Petabyte (mil terabytes) de almacenamiento digital para todos los “activos” creados por ordenador de la película… El mundo virtual se acerca a las realidades superiores, alertándonos de que éstas están ahí, en alguna parte, cada vez más próximas. El ser humano comienza a percibirlas y a animarlas, a conservarlas y reproducirlas.

Aún con sus dosis de batalla inherentes a una superproducción norteamericana, “Avatar” es un canto al amor y a la hermandad, es una invitación a soñar con la vida en otras dimensiones más luminosas, es un argumento por la unión de las civilizaciones, en contra del choque de mundos diferentes. La película, con diferencia, más vista de todos los tiempos, está cargada de mensaje y de esperanza. ¡Ojalá que con todo lo recaudado podamos proseguir esta exploración intergaláctica de la mano de este guía excepcional, por nombre James Cameron!

“Avatar” es más que una película y por ello tiemblan los defensores de un paradigma de privilegios caducos. “Avatar” es todo un fenómeno social cuyo alcance todavía es aventurado vaticinar. Puede ser un avance en la evolución colectiva hacia horizontes más anchos y trascendentes. Puede ayudar al progreso de las conciencias a favor de la sacralidad de cuanto existe. ¡Ojalá así sea!

No, nosotr@s no hemos estado en Pandora, pero Cameron nos lo ha contado y además con toda suerte de detalle, con el mayor alarde de medios y técnicas hasta el presente imaginables. Por eso nosotr@s estamos decididos a quitarnos las gafas de plástico y a que realmente cobre tres dimensiones todo ese alarde de belleza; estamos decididos a hacer de la Tierra un planeta también desbordante de armonía, color y paz; un astro, al igual que luna de Polifemo, íntimamente unido al sublime Origen de todo lo creado. 

Tomado de Portal Dorado

sábado, 20 de marzo de 2010

Psicología y religión en la película “Avatar”. “Lo que los ojos no ven”, por Salvador Harguindey





Indudables son los méritos estéticos, los valores éticos de una visión naturista-ecológica y los efectos emocionales y sociológicos que está produciendo el fenómeno cinematográfico “Avatar” a lo largo y ancho de este planeta. Sin embargo, la profunda simbología, el trasfondo psicológico y las connotaciones religioso-espirituales de la película merecen consideración aparte. Por lo tanto, tratemos ahora de ver en Avatar “lo que no se puede ver con los ojos”. En otras palabras, ese “Yo te veo” interiorizado y espiritualizado de la película de James Cameron.


El concepto original de la palabra “Avatar”, proveniente de la literatura mitológica hindú, se refiere a la reencarnación de Dios en una divinidad que posee el poder de la luz, la iluminación espiritual. Así, cada Avatar es una manifestación de la Divinidad, un elegido, una reencarnación y descenso de una deidad sobre la tierra. En esta película, uno que sobre la tierra de los místicos bosques del planeta Pandora corre descalzo hacia lo desconocido. La palabra o concepto de “Avatar” también se utiliza para referirse a encarnaciones de Dios en maestros muy influyentes de otras religiones aparte del hinduismo, como cuando se trata de explicar personajes como Cristo.

“Avatar” representa principalmente un “viaje iniciático”, es decir, la historia de una experiencia profunda en la que un individuo se encuentra en situaciones hostiles que harán que su personalidad cambie después de que toma conciencia de sí mismo, de la realidad externa o de poseer una importante misión en la vida. A lo largo de dicho viaje su carácter y espíritu se van modificando logrando una mejora en su persona después de lograr superar una serie de situaciones casi imposibles de superar humanamente. Este tipo de experiencias, físicas pero sobre todo psíquicas y anímicas, una vez superadas, harán que el personaje logre concluir su misión a la vez que completa un proceso de transformación de su conciencia. El término hace asimismo referencia a aquel viaje que conduce al individuo a la iniciación espiritual, lo que hace que estos viajes siempre tengan un horizonte, una meta, estando sus etapas bien delimitadas a través de diversos ritos de pasaje de creciente dificultad. Una tercera acepción de este concepto lo define como un viaje de conocimiento, en el que una persona desconoce, ya sea bien algún lugar hasta entonces inexplorado a una más amplia perspectiva o significado de la vida, y a través de un viaje iniciático lo descubre. Es un viaje sólo para héroes, sean reales o ficticios.

La crisis de la transformación de la conciencia del soldado Jake Sully en “Avatar”, evolucionando desde la de un marine parapléjico hasta convertirse en el Avatar de una nueva era para el pueblo Na’vi, constituye el proceso seguido por todo viaje iniciático. Sin embargo, este sistemáticamente conlleva y exige una necesaria y dolorosa caída en una profunda crisis, hasta cierto punto chamánica, con sus conocidos estadios de ruptura, caída, separación, soledad, lucha, regreso, superación y ascenso hasta llegar al éxtasis, triunfo y trascendencia final. Lo que a pesar de todo en ocasiones acaba en la muerte del héroe o personaje en cuestión. Casi lo primero que hay que hacer es acopio de valor para adentrarse, físicamente y sobre todo a nivel de la conciencia en la peligrosa selva de lo desconocido. Por eso una de las primeras cosas que la princesa Neytiri le dice al clon avatar de Jake es:“Tú no tienes miedo. Sígueme.” Palabras con las que da a entender que Jake ha superado esa segunda prueba, la superación del miedo, y está en condiciones de proseguir adentrándose en la jungla de su propio viaje iniciático, que es, físicamente, lo que hace: jugarse la vida siguiendo a Neytiri y sus peligrosas correrías en la selva y precipicios que la rodean.

Dicho proceso iniciático recuerda la estructura de otros grandes episodios épicos de la literatura universal que siguen esa misma dinámica psicológica, tales como el Ulises de Homero, el Paraíso Perdido de Milton, el Fausto de Goethe, el Hamlet de Shakespeare, la Divina Comedia de Dante, etc. Y como sabemos que “ninguna crisis se supera al mismo nivel que se originó”, según dijo Einstein, una vez que el clon Jake es expulsado del pueblo Na’vi, ello le obligará a presentarse de nuevo ante él y ante su amada Neytiri desde una posición espiritual más elevada que la anterior que le permita recuperar la antigua credibilidad ahora perdida. Para ello ha de domeñar al “Gran Dragón escarlata”, otro sinónimo bíblico del Diablo, del que, por si fuera poco, se nos dice que representa “la última sombra”. Después de someterlo/la, Jake retorna, sin sombra alguna ya, como espíritu iluminado y alma pura, ante el clan de los Omitacaya, que inmediatamente le reconocen y veneran como su Avatar y redentor.

Mientras, la confrontación, lucha y guerra en “Avatar” surge inevitablemente del cortacircuito que estalla entre dos estadios de la conciencia cuya interacción ha teñido de sangre la faz de la tierra al menos desde hace veinte siglos. El primero es el estadio III, o llamado del “ego”, con sus valores autoritarios y patriarcales: ego-céntricos, egó-latras, ego-ístas, megalómanos y narcisistas. Este estadio es el que conforma el nivel evolutivo de la conciencia de las violentas religiones dualistas y oficiales de Occidente que han originad tanta crueldad humana (cristianismo /catolicismo medieval, judaísmo e Islam), siendo el nivel de conciencia, individual y global, que caracteriza a la inmensa mayoría de una civilización (?) cada vez más incivilizada. Desde una perspectiva religiosa, este nivel de la conciencia humana, “meme”, estadio III, o personal, egoico, dualista y convencional, exige la existencia de un concepto de Dios asimismo personal y antropomórfico, un ente separado y trascendente que premia a los buenos y castiga a los malos, poseedor además de una voluntad paralela a la de los hombres. Concepto éste que el mismo Einstein denostó como infantil, incomprensible e inaceptable, y cuya creación en la mente humana a consecuencia del miedo probablemente, al menos si analizamos las consecuencias, ha constituido el mayor dislate de toda la historia de la humanidad, originando y siendo la causa primordial de la mayoría, si no todas, sus guerras a lo largo y ancho de la historia de este sangriento planeta.

En “Avatar” este estadio de conciencia lo representan, en terminología Na’vi, unos invasores llamados “demonios venidos del cielo”, que ahora campan y acampan a sus anchas en una base militar norteamericana situada en un satélite del planeta Polifemo llamado Pandora. La razón: un material precioso (valorado en 20 millones de dólares el kilo, casi nada), conocido como el“unobtanium” (del inglés “unobtainable”, o sea, algo difícil o imposible de conseguir), cual paralelismo del tristemente famoso “coltán”. De este tesoro escondido debajo del Árbol Madre, hogar del clan Omitacaya de la raza Na’vi, se ha dicho que representa una clara referencia a la ambición norteamericana por el petróleo ajeno que motivó la guerra de Irak. Para apropiarse del precioso mineral, el rudo e insensible jefe se seguridad de la base, el coronel Quaritch, cual nuevo bárbaro y primitivo salvaje siempre dispuesto y deseoso de poder llevar a cabo las actuaciones más crueles y violentas posibles, justifica una guerra que sucede cuando alguien tiene algo que tú quieres y se niega a dártelo y que “al terror se le responde con el terror”. Como evidente alter-ego o reencarnación psicológica del infame teócrata George Bush, el personaje de Quaritch nos recuerda demasiado, lamentablemente, a su patético antecesor en la vida real.

Muy al contrario, la civilización de humanoides Na’vi del planeta Pandora, nos confunde, afortunadamente, ya que siéndonos inicialmente presentados como una tribu de salvajes primitivos e indiferenciados, nos muestran por el contrario una actitud vital y religiosa mucho más espiritual, ecológica, elevada, compasiva e integrada en la vida y en la naturaleza (estadio IV, adualista, transpersonal, supraegoico y postconvencional), propia de una conciencia individual y global más evolucionada y ascendida, a la vez que portadora de claras reminiscencias jainistas, pero sobre todo budistas, donde incluso a los animales se le otorga un espíritu cuando, refiriéndose a un animal cazado y muerto por necesidad, el clon Na’vi de Jake dice: “Ahora su espíritu está con Aiwa. Su cuerpo formará parte del pueblo”. Para añadir Neytiri:“Una muerte limpia. Ahora estás preparado”. Palabras con las que da a entender que Jake ha superado la prueba de pureza y está en condiciones de acceder al inicio de un viaje iniciático.

A este estadio superior de la religiosidad se le conoce como “panenteísmo místico”, término que expresa que “toda la Naturaleza está viva e integrada en Dios, o en la Diosa”, sin dualismo alguno ni separación en el tiempo ni en el espacio. Hay que aclarar que “pan-en-teísmo” (significa: toda la naturaleza-en-Dios) es un concepto muy diferente de un “pan-teísmo” ateo puro y duro, que defiende que “la totalidad de la naturaleza es Dios”. El Dios del panenteísmo es el creador y la energía vital del universo, así como la fuente de la ley natural. La religiosidad Na’vi se mueve a ese nivel, lo que Goethe denominó “La Religión de la Naturaleza”, siguiendo a su vez la terminología del filósofo Espinoza para definir el estado más elevado posible de sentimiento religioso. Un estadio que se halla un escalón, ¡y vaya escalón!, por encima del de toda religión monoteísta y oficial de cualquier Iglesia ortodoxa, todas presas y estancadas hasta el día de hoy en el dualismo más feroz (ver: Goethe, en: “Conversaciones con Eckermann”, 11 de marzo de 1832). Incluso Einstein dijo que esta integración entre cuerpo-mente-espíritu constituye la única religión posible, el estadio más elevado y evolucionado del espíritu, así como la única esperanza racional a tanto desvarío evolutivo. Más recientemente, un concepto paralelo denominado “espiritualidad integral” ha sido acuñado por el filósofo norteamericano Ken Wilber, quien a su vez coincide en que si hay una razón para la existencia de la religión, o de las religiones, es la de ayudar a los seres humanos a evolucionar a través de sus conciencias en orden a conseguir ascender en espíritu a los niveles más elevados posibles hasta llegar a la unidad indivisible con una Divinidad inmanente-trascendente (como enseñan las cosmovisiones espirituales más pacíficas y pacificadoras de las religiones no-dualistas, tales como el Hinduismo, Budismo, Taoísmo, Advaita Vedanta, aparte de Plotino, Espinoza, Schopenhauer, Panikkar, San Juan de la Cruz, e incluso ese “Dios y yo somos uno” de Jesús de Nazaret, etc.). Y es que “nuestro enemigo es el dualismo”, ha aseverado certeramente Raimon Panikkar.

Ciertos conceptos de la Psicología Transpersonal ayudan a una interpretación simbólica más profunda desde la escena inicial entre el clon de Jake y el caballo pandoriano, que al principio derriba a su montura, o mejor sería decir, a su “montura y a su ego”, tal como a un nuevo Pablo de Tarso camino de Damasco. Algo similar sucede en la doma de ese gran pajarraco que lo elegirá a él para que sólo Jake pueda montarlo el resto de su vida. Pero Neytiri le avisa que antes de permitir montarle y domarlo “tratará de matarte”. ¿Y que es eso que llevamos encima los seres humanos durante toda la vida y que intenta matarnos, esa fiera que debemos primero domar y luego superar y trascender? …El maldito ego. Una vez superada esa nueva prueba iniciática y rito de paso, la unión final de caballo y hombre, en cuerpo y mente, conformará el “Centauro”, o lo que es lo mismo dos seres en uno ya para siempre, sin separación alguna ni restos de dualismo. Precisamente, dicho nivel de la conciencia no-dual, o adual, ha sido denominado “centáurico” por Ken Wilber, ya que existe “más allá del ego” propio, y definido por el mismo Wilber como “el gran nivel de la integración de la mente, el cuerpo y las emociones en una unidad del más elevado orden, una ‘totalidad profunda’”. Es ese momento crucial de salto psíquico y superación de la crisis personal/transpersonal lo que lleva a Pablo de Tarso, ahora más comprensiblemente, a decir: “Ya no soy yo sino Cristo que vive en mí”. Paralelamente, Jake Sully ya no es el Jake anterior sino que desde ese momento ha comenzado la transferencia de su ser y personalidad al Avatar Na’vi que vive en él y en el que él vive, y al que por su pureza “eligen” los espíritus más puros del Árbol sagrado en forma de blancas, semitransparentes e innocuas medusillas volantes.

El gran problema en muchos seres humanos surge cuando para ascender del violento y competitivo estadio dominante de la egocéntrica conciencia III al más benévolo, integral, compasivo y post-convencional estadio IV, se nos exige atravesar una gran crisis personal, tanto a nivel físico como de conciencia, incluso experimentar una “muerte psicológica” como gran exigencia y crucial rito de paso. En este sentido, la psicología moderna nos ha enseñado que antes de renacer es necesario morir; pero de forma similar también sabemos, gracias a la psicología y filosofía iniciática, así como propuesta simbólica, mística y parabólica del Nuevo Testamento, que “el que quiera salvar la vida la perderá y el que la pierda la ganará”. Esa es la demanda, insoslayable, pero ahora también más comprensible, de la ceremonia de paso y gran prueba crítica, tal como le ocurre al héroe Jake Sully en la película. Todo ello refleja lo que es conocido como “la crisis del ego narcisista”, en la terminología de la Psicología Transpersonal.

Al ascenso hacia el despertar de una nueva conciencia, al que Jake Sully se refiere literalmente al principio de la película con un subliminal “en algún momento hay que despertar”, el malvado jefe de seguridad de la estación espacial “Puerta del Infierno” lo llama “traición a tu raza”. Desde ahora la inevitable guerra entre dos estadios de conciencia evolutivamente diferentes, y por ello psicológicamente confrontados, está servida. A partir de ese instante no hay vuelta atrás, se ha llegado a un punto de no-retorno. Desde ese momento, para volar en las naves espaciales sólo podremos utilizar VFR, por “visual flying rules”, o reglas de vuelo visual, o como nos lo traduce informalmente la piloto Trudi Chacón, vete por donde veas. El brusco cambio evolutivo que sufre desde ese momento la perspectiva vital de la conciencia del parapléjico Jake - junto con los bemoles que ha de tener todo aspirante a héroe para ascender de un estadio al otro -, hace que el soldado Sully nos imbuya, mientras se va imbuyendo a sí mismo sin darse cuenta, de algunos de los conceptos claves del Budismo, tales como la reencarnación, cuando dice: “Una vida acaba y otra comienza”, o, en el momento que su mente y espíritu van a trasferirse a los de su clon: “Será como volver a nacer”. Esto coincide a la perfección con la aseveración de Wilber para definir el concepto de “héroe”, de “sanador herido”, como “aquel que intenta saltar al próximo estadio de la conciencia”. Y es que todo viaje iniciático, por muy héroe que uno sea o se crea, es un ascenso muy difícil, peligroso y solitario hacia su cumbre. Por fin, en la escena final de “Avatar” se llega a una transmigración completa del espíritu o alma de Jake al de su Avatar. Jake, el ser humano, muere, dando su vida cual salvador de “la humanoidad Na’vi”, pero resucita, a modo del símbolo de la resurrección de Cristo o de una reencarnación búdica al lograr trasmigrar totalmente - ahora ya no depende de la máquina transportadora de su mente humana a la del Avatar Na’vi -, reviviendo autónomamente en su cuerpo clonado al abrir los ojos en el instante final, mientras su cuerpo humano yace inerte a su lado, muerto.

Desafortunadamente, la botánica Grace Augustine, interpretada por Sigourney Weaver, no consigue sobrevivir a sus heridas, pero su alma es integrada en el Árbol de los Antepasados-Árbol de las Almas, que está en íntimo contacto con la Diosa Madre Aiwa, y a través del que se manifiesta la trascendencia del espíritu. Y es que la sabiduría divina verdadera (mágica) siempre se nos ha mostrado escondida en un espléndido Árbol con un gran contenido simbólico colocado por la Divinidad en cualquier maravilloso Paraíso. En Pandora es el Árbol de las Almas de la Diosa matriarcal y en el mito de Edén es el Árbol de Dios Padre patriarcal (un Dios personal que los hombres interpretarán y al que darán vida como “un alguien” cada vez más sojuzgador, autoritario y hasta vengativo). Finalmente, al menos desde el punto de vista estético, los polvorientos escombros de la destrucción del matriarcal Árbol Madre en “Avatar” a algunos espectadores les han recordado a los del World Trade Center durante aquel maldito 11 de Septiembre de aquellas fálicas Torres Gemelas, hasta entonces símbolos del imperialismo, la fuerza, el poder y el dinero patriarcal. ¿Casualidad o guiño intencionado? Habrá que preguntárselo al director de la película.

Posteriormente, Jake se vinculará al Árbol sagrado para tratar de trasmitir sus oraciones y rogar por la protección del pueblo Na’vi a través de la intersección del alma o espíritu trascendido de la fallecida Grace con la deidad de la Madre Naturaleza Eywa. Jake pide ayuda al mimso tiempo que se reconoce como “el elegido de la Divinidad”. La conexión no es una falacia o invención, ni un primitivo vudú, se nos dice en el film mientras segumos luchando con las incómodas gafas de 3D. “¡Funciona!”. ¡Y vaya que si funciona!, añaden/añadimos algunos gnósticos. Un hecho que se demuestra o comprueba en el film cuando la princesa Neytiri grita exaltada y exultantemente a Jake: ¡Eywa te ha oído”!”, al tiempo que todos los animales salvajes de Pandora se ponen de parte del pueblo en su batalla de Harmagedón contra “los demonios venidos del cielo”. Ahí, en las triunfantes y flotantes “Montañas Aleluya”, en cuyos parajes y cumbres tendrá lugar “la salvación” en una apocalíptica y milagrosa victoria final contra el Mal. Eywa, la deidad de la que Neytiri nos había dicho que “no toma partido, sino que sólo mantiene el equilibrio de la Naturaleza” (una Naturaleza deificada a lo Rousseau, aunque mejor a lo Goethe o a lo Lao Tse, por aquello de no caer en la famosa “Falacia Pre-Trans”), por fin se ha puesto del lado del Bien. El cuento de Hadas en el que el príncipe azul vence al Dragón y lo mata para liberar a la princesa de sus garras y luego casarse con ella, está llegando al final. Y colorín, colorado…

Aparte de la influencia que sobre el director de “Avatar” parece que hayan podido tener la sabiduría de los escritos antropológicos de un Mircea Eliade, en una reciente entrevista Cameron ha manifestado: “He procurado seguir la Biblia al pie de la letra”. ¡Evidentemente es así! Sólo hay que darse cuenta, ¡qué casualidad!, que en su revolucionaria, o mejor dicho, “evolucionaria” película, la estación espacial de los militares americanos se llame “La puerta del Infierno” (“Hell´s Gate”). ¿Y qué es lo único que se supone que puede salir de la puerta del infierno? Pues el Diablo, claro; en este caso con la forma de una aterradora nave nodriza comandada por el coronel Quaritch, junto con sus naves escoltas de ángeles caídos, una lanzadera curiosamente llamada “Dragón”. Otra “casualidad” ésta, si se tiene en cuenta que “dragón” es la palabra repetidamente empleada en la Biblia para definir al Diablo (“Fue arrojado el dragón grande, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás, y fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron con él precipitados” (Apocalipsis 12:9). La Biblia también denomina al Diablo: “el Dragón escarlata venido del cielo” (Apocalipsis 12:3). Coinciden hasta los colores con el Gran Dragón que doma el clon Jake para dejar atrás y debajo suyo, o sea, superada, “la última sombra” que pudiera oscurecer su espíritu. La metáfora es que al montarlo y domeñarlo, Jake ha vencido, aunque todavía sólo interior y espiritualmente, al Diablo, al Maligno. Ahora es el Avatar elegido por la Providencia, y así se lo reconoce el clan Na´vi al retornar Jake con ellos.

Por fin el Bien ha vencido al Mal, al menos en el ficticio planeta Pandora. Pero por algo se empieza, no desesperemos. En un momento del film el Na’vi Jake había dicho a la diosa Ewya: “Yo soy el elegido”, otra conocida denominación de Cristo como elegido de Dios (o hijo simbólico). Así se constituirá, merced a la actividad mística de la Ley Natural (llámese el wu-wei taoísta o el èlan vitalde Henri Bergson) en el redentor y salvador de la “humanoidad” Na’vi.

Es de esperar que el Avatar Jake y la conciencia Na’vi también contribuyan a corto-medio plazo a que esa humanidad en la que el hombre moderno del Mundo Feliz de Huxley ha perdido el alma, la compasión, la unidad, el respeto por el planeta, y en su ansia fáustica por dominar la siempre invencible naturaleza aun al precio de destruirla y destruirse a sí mismo, casi ha acabado con toda la vida en general, humana, animal y vegetal. “En la tierra han acabado con todo lo verde”, dirige un último mensaje “Avatar” a lo que queda de esa civilización occidental que se ha transformado en poco más que una “incivilización accidental”. “La humanidad tendrá lo que la humanidad merezca”, comenta al respecto el eco de las palabras de Albert Einstein desde el más allá, aunque él no creyera en eso, al menos en el plano personal. Al final, a los vencidos, humillados e inhumanos seres humanos de Pandora se les obliga a retornar, merecidamente vencidos a “su planeta moribundo”. Y es que ha sido la humanidad “civilizada”, en Oriente y Occidente, la que hace tiempo que ha abierto la mítica Caja de Pandora liberando todos los males y desgracias humanas: la avaricia, el crecimiento insostenible, el egoísmo y materialismo desenfrenados, la explotación, la pobreza, la polución, la vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, las tragedias ecológicas, la crueldad con los animales, la violencia política e interétnica, el crimen, etc. Todo, menos la esperanza. Aunque, tal vez, todavía no esté todo perdido. Tal vez aún tengamos una segunda oportunidad. Tal vez encontremos algún resquicio para salir de este creciente infierno. Tal vez...


Salvador Harguindey es Director del Instituto de Biología Clínica. Oncología Médica y Endocrinología. Miembro, Sociedades Norteamericana y Española de Psicología Transpersonal.

Enlace a su blog personal, donde está publicada una versión en inglés de este artículo